etiqueta

¡Qué listo que eres!

Publicado el 30 septiembre, 2013 | Livia Álvarez Almazán | Motivación

¿Le encargamos a Manuel este trabajo? No, que es un vago. Entonces, ¿qué tal si se lo pasamos a Miranda? Tampoco, que es una ceniza y protestará. Entonces… ¿a María?  Sí, mejor, es muy eficaz y todo le va bien. Y así funcionamos a diario, poniendo etiquetas a la velocidad del rayo. ¿Realmente sabemos cómo son Manuel, Miranda o María? El ser humano es mucho más que una etiqueta que nos impide ver más allá y que nos limita a la hora de actuar. 

Cuando ponemos una etiqueta reducimos toda la personalidad de alguien a ese adjetivo y eliminamos todo lo demás. Las etiquetas son reduccionistas porque hacen que nos olvidemos de que en nuestra personalidad cabe todo: el tacaño y el generoso; el alegre y el triste; el raro y el normal… Sin embargo, es tan fácil etiquetar, tan cómodo y divertido… De hecho, tardamos unos 6 segundos en hacerlo cuando acabamos de conocer a alguien. Nos sirve para categorizar la información, agrupar a las personas, justificar nuestras decisiones… y para un sinfín de cosas.

Qué solemos hacer cuando nos definen

¿Somos conscientes del impacto que tiene una etiqueta en otra persona? Pensemos en qué sucede cuando nos lo hacen a nosotros: “eres tan nerviosa…” Pueden pasarme tres cosas:

  • Lo rechazo: ya estamos otra vez con lo mismo, la que me pone nerviosa es ella…
  • Me trago la etiqueta y actúo como se espera de mí, con nerviosismo en este caso
  • Me cuestiono la información de la etiqueta y aprovecho la que me es útil: “no estoy siempre nerviosa pero la verdad es que ahora sí, quizás tenga que ver con… No me había dado cuenta, qué curioso”.

Rechazarlas o aceptarlas de plano puede llevarme a sentirme molesto, a responder con indiferencia o de forma agresiva o a dejar de relacionarme con los otros. Sin embargo, cuestionar las etiquetas es actuar con inteligencia emocional: se trata de filtrar la información y distinguir lo que es mío y lo que es del otro. Esta forma de funcionar nos permite relacionarme con los demás sin prejuicios.

Etiquetas positivas y negativas

¿Hay etiquetas positivas y etiquetas negativas? Imagina que de pequeño dicen de ti “es muy listo”. Parece una buena cosa, ¿no? ¿Qué crees que harás? Puede que te sientas muy bien pero también es probable que de forma paralela aparques determinados comportamientos por el miedo a que los demás dejen de considerarte listo. Es posible, por ejemplo, que abandones el sano hábito de preguntar –si pregunto es porque no sé algo y todos pensarán que soy tonto-. Ya no parece algo tan bueno, ¿no? En realidad, todas las etiquetas nos limitan porque congelan una parte de nosotros.

Volviendo al ejemplo del principio, ¿qué pasará con María, la “eficaz”? ¿Y con Manuel, el “vago”, y con Miranda, la “ceniza”? ¿Quién se llevará más carga de trabajo? ¿Tendrá eso algún tipo de repercusión en la persona y en el equipo? ¿Cómo será la relación de las personas que llevan la etiqueta de “vago” y de “ceniza” con el resto de sus compañeros? ¿Se comportarán de un modo diferente a como el resto espera llevando esa etiqueta a cuestas?

Material utilizado
  • Imagen de portada: galería de comofaz en Flickr

 

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Sobre el autor

Licenciada en Ciencias de la Información, rama Periodismo, por la Universidad Pontificia de Salamanca. Coach ejecutiva y personal. Especializada en comunicación corporativa, es codirectora de 960 Pixels Comunicación. Ha trabajado en los gabinetes de comunicación del Gobierno de Aragón, de Expo Zaragoza 2008 y de Ebrópolis; ha sido la responsable de prensa de la Institución Ferial de Barbastro y de varias ediciones del Congreso de Periodismo Digital. Fue jefa de redacción en Aragón Rutas. Completó su formación en RNE en Aragón y en Agencia EFE.

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