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El líder emocional

Publicado el 3 febrero, 2013 | Livia Álvarez Almazán | Motivación

¿Cómo ser el líder que estos tiempos demandan? ¿Tenemos todos la capacidad de convertirnos en líderes? La inteligencia emocional es una capacidad que nos puede dar la respuesta. La buena noticia es que todos podemos potenciar y desarrollar nuestra inteligencia emocional.

“En estos tiempos de crisis, necesitamos buenos líderes”. ¿Quién no está de acuerdo con esta idea que tantas veces hemos escuchado, que tantas veces hemos pensado? Buscamos a alguien que sepa llevar los barcos a buen puerto, que encauce la marcha de un presente complicado y de un futuro incierto y más en una coyuntura en la que recibimos un constante bombardeo con mensajes sobre la crisis. Todo esto parece aún más difícil si tenemos en cuenta la gran dosis de escepticismo y desconfianza de nuestra sociedad hacia todo aquello que hasta ahora la había representado: las instituciones, los políticos, las empresas, los bancos, el sistema judicial, los medios de comunicación y así hasta completar una larga lista. ¿Qué tipo de líder requiere este momento? Seguro que se nos ocurren muchas cualidades: honesto, responsable, comprometido… La foto que nos hacemos del buen líder se corresponde con aquellos valores que son más importantes para nosotros. Es muy fácil que en esa lista incluyamos que debe tener amplios conocimientos de todo tipo “sobre todo económicos, que en este momento son muy necesarios”. Sin embargo, es un hecho comprobado que la mayoría de las personas que ocupan un cargo de responsabilidad no lo pierden por falta de habilidad técnica, sino por falta de visión estratégica (más del 70%), por incapacidad para trabajar en equipo (más del 50%) o por insensibilidad ante los demás (más del 50%).

El líder con inteligencia emocional

Semáforos-300x225El líder de nuestro presente y futuro más inmediato es en un 90% pura inteligencia emocional, es decir, es una persona que se conoce bien a sí misma; que sabe motivarse y gestionar su alegría, su amor, su tristeza, su rabia y su miedo entendiendo que todas estas emociones son necesarias puntualmente pero que no debe quedarse estancado en ninguna; y también es alguien a quien el autoconocimiento le ha conducido a conocer mejor a los demás y que es capaz de generar en ellos influencia.

Imaginemos un semáforo. El buen líder sabe, cuando se enciende la luz roja, que la situación es crítica y que tiene que gestionar y mandar sin solicitar otras opiniones. Sin embargo, es consciente de que la coyuntura mejorará, llegará el color ámbar y entonces actuará entrenando, reconociendo y potenciando los puntos fuertes de su equipo, consiguiendo su implicación.

Finalmente, con la bonanza económica llega la luz verde y entonces se centrará en la armonía , dejará abierta la participación, pedirá sugerencias y delegará. Alguien con gran capacidad de liderazgo hará todo lo anterior y además representará siempre a su equipo ante los demás. La pregunta que cada uno puede hacerse tras esta reflexión es, ¿y yo en qué luz del semáforo vivo? ¿Qué me cuesta más y que me cuesta menos esfuerzo? ¿Sé dirigir cuando la situación lo requiere? ¿Siempre estoy mandando? ¿Lo que mejor se me da es generar buen ambiente a mi alrededor? Porque todos ejercemos influencia en nuestro entorno, tengamos un cargo de responsabilidad o no. Existimos y por lo tanto influimos. De hecho, los cambios que generamos en nosotros mismos tienen repercusiones en las personas que nos rodean.

Todos somos líderes o podemos serlo. No busquemos, por tanto, la solución fuera. No esperemos a que llegue alguien que salve el barco. Asumamos cada uno la responsabilidad de nuestra vida. Saquemos el líder que llevamos dentro y trabajémonos los tres colores del semáforo: el rojo, el ámbar y el verde. Aceptemos que contribuimos en este mundo en el que vivimos. Corramos el riesgo de actuar y cuando lo hagamos, no llamemos fracaso a lo que simplemente son resultados diferentes a los que esperábamos y de los que seguro que extraeremos alguna enseñanza. Hace mucho ya lo decía el griego Epícteto: “acusar a los demás de las propias desgracias es una prueba de ignorancia; acusarse a sí mismo significa empezar a entender; no acusar ni a los demás ni a uno mismo es verdadera sabiduría”.

Bibliografía recomendada

Material utilizado

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Sobre el autor

Licenciada en Ciencias de la Información, rama Periodismo, por la Universidad Pontificia de Salamanca. Coach ejecutiva y personal. Especializada en comunicación corporativa, es codirectora de 960 Pixels Comunicación. Ha trabajado en los gabinetes de comunicación del Gobierno de Aragón, de Expo Zaragoza 2008 y de Ebrópolis; ha sido la responsable de prensa de la Institución Ferial de Barbastro y de varias ediciones del Congreso de Periodismo Digital. Fue jefa de redacción en Aragón Rutas. Completó su formación en RNE en Aragón y en Agencia EFE.

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